miércoles, 19 de julio de 2017

Gustavo Arango o el triunfo de una obsesión

Un perfil de Luz María Montoya, publicado en Vivir en El Poblado,
el 20 de agosto de 2010



El escritor y periodista Gustavo Arango, columnista de Vivir en El Poblado y de Centropolis, acaba de ganar en México un nuevo galardón: el Premio B Bicentenario de Novela 2010, con su obra El origen del mundo. Hablamos con él durante la presentación de su libro Impromptus en la isla


Su primera gran aventura  fue atreverse a recorrer solo y sin permiso las seis cuadras de distancia entre su colegio –la UPB– y el Ley de la calle san juan con la Carrera 70. El objetivo, comprar con sus ahorros Un capitán de quince años, de Julio Verne, tenía diez años y una idea fija: ser escritor. Se había aficionado a la lectura gracias a una colección para él mágica: la Biblioteca Básica Salvat, presente en toda casa de Medellín que en los años 70 quisiera llamarse hogar, y se aficionó aún más a las letras cuando aprendió, y de qué forma, cómo sacarle el máximo provecho a un carné de la Biblioteca Pública Piloto.
Por aquellos días finales de su niñez, Verne y Cortázar estaban entre sus preferidos. A este último, la verdad, poco lo entendía pero desde entonces intuía que planteaba un juego interesante y le restaba solemnidades innecesarias a la vida y a la literatura. Eso, sin duda, le gustaba, al fin y al cabo el sarcasmo, el humor y su atracción por el absurdo hacen parte de sus rasgos distintivos. Creció tanto su admiración por Cortázar que, más adelante. Mientras estudiaba comunicación social en la UPB, se hizo célebre entre sus compañeros por su profundo conocimiento de la obra del escritor argentino y sobre él hizo su tesis de grado, Un tal Córtazar, publicada por la universidad.

Espionaje industrial
Años después, cuando ejercía como periodista en el diario El Universal de Cartagena y su obsesión por escribir seguía intacta, el joven Gustavo Arango no perdía oportunidad de entrevistar a los grandes autores y aplicar en ellos lo que hoy denomina espionaje industrial. Es decir, más que el periodista, quien les indagaba por sus métodos de creación a escritores como Umberto Eco, Bioy Casares y Tomás Eloy Martínez, entre muchos otros, era el aprendiz de escritor, ansioso por conocer los secretos del oficio; mas que leer sus obras, devoraba las entrevistas donde contaban como hacían lo que hacían. Lo que no sabía en ese momento era que el mejor secreto ya lo conocía y lo aplicaba de tiempo atrás, desde que su profesor de la universidad, Memo Ánjel, le dio el consejo al que le debe la publicación de la mayoría de sus libros: anotar en un cuaderno todas su ideas y pensamientos y no en papelitos, pues se pierden, y si no se pierden no los organiza nadie.
Hoy tiene cien cuadernos con las anotaciones de más de veinte años de observaciones, de recuerdos trágicos y alegres, de ideas para posibles títulos, artículos, capítulos; de apreciaciones sobre la cotidianidad y sobre esos rostros que lo atraen desde siempre, desde cuando se paraba a ver pasar gente en el parque de Berrío, rostros que no han dejado de atraparlo ni en Manhattan, ni en aviones, ni en el metro, ni cuando da sus clases de español y literatura latinoamericana en Nueva York. Gracias a esos cuadernos y a la organización con que los etiqueta por temas, ha logrado hallar el hilo de varios de sus cuentos y novelas y hacerlos publicables. En cuanto a la disciplina, esa con la que trabaja día y noche, la aprendió de otro maestro, del Nobel García Márquez, mientras escribía un libro sobre sus años de reportero, texto que a la postre le abrió las puertas de la academia estadounidense a la que pertenece hace 12 años. Con García Márquez aprendió que para escribir, más que inspiración se requiere músculo, ejercitarse día a día con un trabajo disciplinado, practicar sin tregua para desarrollar la habilidad y evitar que se atrofie. Y como es escritor prolífico, galardonado en distintas latitudes, y ya sabemos cómo escribe, le preguntamos entonces y por último cuál sería su consejo: “Escriba sin pensar, suéltese, porque pensar mucho, bloquea”, nos dice sin dejar de causarnos un cierto desconcierto. “Olvídese de la grabadora y redacte como si le estuviera contando la historia a una amiga”, concluye. Gracias escritor, seguiremos la recomendación, al menos en este reportaje.











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